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Nací en la era del blanco y negro,
cuando los mundiales se jugaban de a 16.
Crecí pegado a la radio,
cuando los partidos se jugaban a la misma hora,
los equipos duraban 10 años,
y la gente no moría en las canchas.
Cada mañana esperaba ansioso el diario
para ver en qué lugar del mundo andaban mis héroes.
Esperar el lunes a la noche para que saliera El Gráfico
era simplemente insoportable.
Tengo memorias grabadas a fuego,
de las buenas y de las otras,
y del deporte que fuera:
cuando Vilas le ganó a Connors en Forest Hills,
los domingos de Pancho Ibañez,
el yeso de René van der Kerkhof,
el cartel Jones-Reut y la voz de Héctor Acosta,
la final de la Davis en Cincinnati,
la época de oro de Hearns, Duran, Leonard y Hagler,
Todo Golf y Francisco Campos,
el festejo de Marco Tardelli en España,
el interminable Karpov – Kasparov (sí, hasta eso),
los 21 puntos de Porta a los All Blacks,
el pase-gol del Negro Enrique a Maradona,
Oscar Schmidt haciéndole 46 a EE.UU. en los Panamericanos,
el golpe que se dio Greg Louganis en Seúl,
el primer tiempo contra Brasil en Italia,
el día que Jordan la rompió con 40 grados,
la muerte de Ayrton Senna,
la trompada de Zandoná,
el gol del Turco Asad en Tokio,
Cannigia gritando: ¡Diego!,
la mordida de Tyson-Holyfield,
la victoria contra el Dream Team en Indianapolis,
la final de Gaudio y Coria,
el “zapato” de Ginobili en Atenas
el cabezazo de Zidane…
y así puedo seguir hasta que Messi deje de hacer goles.
El deporte a diario nos regala historias.
Algunas son fotos de tapa, otras son sólo un recuadro.
Unas hablan de gloria, otras huelen a fracaso.
A algunas las vio todo el mundo, otras son de vestuario.
Podrán ser antiguas, podrán ser recientes,
pero ninguna de ellas merece
ser condenada al olvido.
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